04/10/2018 DERECHOS HUMANOS

El genocida Patetta, sin beneficio de prisión domiciliaria

La Justicia Federal rechazó la solicitud del represor, condenado en tres ocasiones por crímenes de lesa humanidad en las causas Caballero I y II, y Masacre de Margarita Belén. Seguirá cumpliendo condena en la Unidad Penal N ° 34 “Campo de Mayo”. En lo que va del año, a nivel nacional, 92 genocidas dejaron las cárceles para volver a sus casas.

img El militar Luis Alberto Patetta, un “cuadro” del terrorismo de Estado, sonríe durante una de las audiencias de la Causa Masacre de Margarita Belén, en 2011. / gentileza

Su caso es especial, en tanto se trata de uno de los “protagonistas” del terrorismo de Estado ejecutado por la última dictadura cívico militar en la región. En su carácter de teniente primero, Pateta fue un “enlace” entre el Ejército argentino y la “patota” de policías chaqueños que organizaron los secuestros, las torturas y las desapariciones forzadas en torno a la ex Brigada de Investigaciones de la Policía del Chaco.

Con sendas condenas a cuesta (en 2010, a 25 años por torturas en la Causa Caballero I; en 2011, a prisión perpetua por los fusilamientos clandestinos de la Masacre de Margarita Belén), el 31 de mayo coronó un “hat trick” genocida,  al recibir su tercera sentencia, esta vez  a 19 años de prisión, por seis casos de tormentos, seis de privación ilegítima y dos de desapariciones forzadas, en la causa Caballero II.

Ante tan contundente panorama, Patetta intentó eludir la condena efectiva con el subterfugio de una solicitud de prisión domiciliaria por razones de salud, al igual que otro “referente” de la picana, el expolicía Gabino Manader, (también con un verdadero rosario de imputaciones y doblemente condenado), quien sí logró el beneficio, desde el 2 de febrero del año 2016.

Justamente, el juez Juan Manuel Iglesias, el mismo magistrado que le puso la firma a la polémica resolución por la cual Manader “cumple condena” en la comodidad de su hogar en la calle Coronel Falcón 289, denegó el pedido de Patetta en coincidencia con lo planteado por la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía Federal de Resistencia, al considerar que  las patologías que presenta se encuentran con el debido abordaje desde el punto de vista clínico y psicológico, siendo posible afirmar de acuerdo a los informes médicos que está en un medio adecuado para el tratamiento de su cuadro psicofísico.

Por su parte, el cuerpo médico forense de la Corte Suprema de Justicia había opinado en cuanto a su cuadro de salud, que Patetta puede continuar alojado en su Unidad de Detención cumpliendo un régimen dietético, condiciones de temperatura y humedad adecuadas, controles médicos regulares, provisión de medicamentos y un sistema de derivación ante una posible descompensación.

UN “CUADRO” DEL GENOCIDIO

Sus víctimas sobrevivientes lo recuerdan como un “cuadro” de la represión; un convencido del genocidio como un tipo de “guerra clandestina” y gran pegador. Raúl Junco contó durante su declaración en Caballero I que fue detenido y llevado a la Brigada de Investigaciones en junio de 1976. Allí lo vendaron, desnudaron y esposaron a una silla. Entonces alguien se le acerca y le corre la venda: “Mirá bien, yo soy Patetta, del Ejército Argentino” le dice, mientras le apoya un revólver 38 en la cabeza y gatilla. Luego comenzaron las preguntas, y los golpes.

Julio Aranda, recientemente fallecido, a fines de agosto, lo padeció durante su régimen de libertad vigilada, en plena dictadura, luego de un calvario de varias semanas en la Brigada. Patetta lo visitaba periódicamente en su estudio de Arquitectura. En su testimonio en los juicios Aranda, recordaba cómo Patetta debía soportar el “verdugueo” del militar; dejaba una pistola sobre el tablero de dibujo para intimidarlo, traía lúgubres novedades sobre su hermano Carlos, que continuaba detenido, “tu hermano está muy mal, lo tiraron a los chachos” le comentaba, en referencia a una celda de castigo en la Alcaidía y se servía de lo que le viniera en gana cual verdadero dueño del lugar. También se lo señala como el autor del disparo de Itaka que le destrozó el cráneo a Néstor “Flaco” Sala, durante el fusilamiento clandestino del 13 de diciembre de 1976 denominado Masacre de Magarita Belén.

LA IMPUNIDAD BIOLÓGICA, UNA TENDENCIA EN ALZA

Cabe destacar que, en lo que va de este año, en todo el país, son 92 los represores que dejaron las cárceles para volver a sus casas en una preocupante tendencia, según las estadísticas difundidas por la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad.

Esta cuestión cobró fuerza desde 2016 -coincidentemente con la asunción de Cambiemos. En 2017, el salto fue a 549 represores detenidos en sus domicilios. El denominador común en los reclamos de excarcelación se apoya en la mayoría de 70 años y las consiguientes dolencias físicas propias de esa edad.

En el orden, son varios los represores que realizaron ese tipo de pedidos, José Rodríguez Valiente, Tadeo Bettolli, César Casco, no lo consiguieron, pero sí lo hicieron Francisco Álvarez, y los fallecidos Ramón Meza y Lucio Caballero. Por otra parte, llama poderosamente la atención que esta suerte de “impunidad biológica” sólo beneficia a implicados en crímenes de lesa humanidad, siendo que la gran mayoría de condenados por delitos comunes permanece entre rejas.

 

 

 

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